ANÍBAL FORD (1934-2009)

Teorías sobre el Periodismo fue diseñada originalmente en 1994 por Aníbal Ford, que desde ese momento fue su Profesor Titular.
Lo acompañé como Profesora Adjunta a partir de 1995. Hicimos un excelente trabajo en equipo, fuimos construyendo teoría y metodología de la noticia también con el aporte del grupo docente, graduados de la Carrera. Con el tiempo, muchos de quienes fueron los primeros ayudantes pasaron a una dedicación full time en otros ámbitos laborales como el periodismo, el cine, la edición, o ganaron concursos en la Facultad que los promovieron a cargos de mayor jerarquía en otras asignaturas. Todos guardaron sus espacios de charla con Aníbal. El equipo actual, que concursó sus cargos hace unos años, era el orgullo de Aníbal. También lo es para mí.

Aníbal, seguimos online

Ford fue nuestro sabio y en la interacción siempre hubo sencillez y una valoración genuina. A tal punto que le gustaba consultarnos, lo hacía a menudo, nos decía “vos sos el especialista en esto…”, sabía sobre qué podía preguntar a cada uno de nosotros, y lo hacía con la humildad de los que son grandes en serio.
Aníbal gustaba de hablar largo y tendido, pero nunca imponía su voz como única, tampoco perdía el hilo, aunque una reflexión teórica pudiera haberlo llevado a mentar a Racing (la “verdadera academia”) o a Manzi, uno de sus poetas favoritos.
La relación con su(s) equipo(s) docentes fue afectuosa y especial, con un respeto muy fuerte hacia todas las opiniones y con una alegría – la del pensamiento y el trabajo en conjunto- que se contagiaba en los debates de las reuniones de cátedra, o en charlas previas a las clases, en algún bar de los alrededores de la Facultad. También y con mucha seriedad, y Aníbal era de los que cuando algo es en serio “no se puede joder”, se abordaban las preocupaciones sobre el país, su gente, la Universidad y el futuro de los comunicadores, la cultura y América Latina, entre tanta brecha injusta.
Allí están sus escritos y sus clases para recordar la seriedad y el compromiso con que pensó en las trampas de la dependencia y en las deprivaciones y los engaños de los poderosos, porque, como advierte en el final de “Navegaciones”, el capítulo que abre el libro del mismo nombre: “Tal vez todo esto, que no se contradice con las densidades o necesidades argumentativas de lo político, tenga alguna importancia en las formas en que comprendamos, acompañemos o inventemos las salidas para esta América Latina estrangulada por el neoliberalismo y la dependencia, y necesitada de construir, desde concepciones culturales menos instrumentales, su sentido histórico” (1994) .
Fue, es, un autor original, imprimió una diferencia a los estudios en comunicación, cultura y medios. Renegando de casilleros estrictos observó, distinguió, pensó y trabajó desde un campo amplio y transversal para el que enseña que no existe un único modelo explicativo. Interpretó la información siempre en conexión permanente con la actualidad y nuestra historia, el poder y el mundo; remachó las articulaciones con la sociocultura y la ideología, buscó el desafío permanente, el que se encuentra en esa huella a veces imperceptible pero que augura cambios o problemas. Y focalizó en una postura científica que fue claramente política.
Le gustaba dar clases pero no en el sentido más tradicional de la pedagogía universitaria: prefería plantear un caso, mostrar una foto del diario del día, remitir a una noticia recién escuchada, focalizar en el detalle que anunciaba un cambio en el modo de hacer la información periodística y desde allí provocar la discusión, hilar ideas que juntaban finalmente práctica y teoría, ideología y textualidades, actualidad y sociedad. Porque respetaba y reconocía la capacidad crítica y creadora de los jóvenes, pretendía que cada clase se constituyera en espacio para la provocación al pensamiento antes de que fuera muy tarde, porque lo preocupaba el no encontrar a veces respuestas rápidas a problemas urgentes.
Y siempre la misma incansable modalidad de pensamiento y acción: intentar la interpretación en simultáneo, en el presente- acción, porque todo trabajo intelectual es un trabajo político y se debe al presente y a las necesidades urgentes de la sociedad, pero también ubicar la perspectiva histórica que permite entender cómo la comunicación está en relación de necesidad y explicación con la cultura. Rastreaba la realidad como el baqueano, “desde la orilla de la ciencia”, según la propia expresión que da título a uno de sus libros inolvidables por certero y necesario, sobre las formas de la dependencia cultural y tecnológica, los modos en que nos contaron la historia, y las posibles y celebradas resistencias populares en nuestro país.
Y para eso se ubicó en la orilla de la ciencia, buscó en los márgenes de la realidad, armó bisagras de saberes y habilidades. Este es el conjunto que nos ha quedado, es la herencia Ford.
Y esta herencia dice que el pensamiento crítico también necesita de la memoria y de la focalización política. Porque la gran apuesta que él se hizo fue la de superar ese estado de “procesados por otros”, dilema que atraviesa toda su producción desde fines de los 50 cuando termina su carrera de Letras en la UBA y aborda la problemática de la cultura popular en los medios, los diarios, el cine y el tango.
La cátedra lo reconoce como maestro y mentor, colega y amigo entrañable, y le rinde un muy sentido homenaje, retomando y profundizando temas y problemas de tantas discusiones y reflexiones que hicimos en conjunto a lo largo de años de trabajo e investigación. Los invitamos a ustedes, nuestros estudiantes en este momento.
Aunque nunca quiso “hacer escuela”, Ford construyó y contribuyó a una línea de pensamiento y acción junto con un vasto número de intelectuales argentinos y latinoamericanos. Una de sus preocupaciones centrales era la formación de los jóvenes en la universidad, en la Carrera de Ciencias de la Comunicación. Pero fundamentalmente, demostró cómo hacer ciencias sociales en contextos de dependencia; cómo trabajar transdisciplinariamente; cómo buscar la densidad de los fenómenos comunicacionales y culturales.
Tanto que quisiéramos poder burlar a la muerte, Aníbal le decía “la huesuda”. No se puede. Sé que le gustaría estar presente para seguir en el camino de sus textos cuando los retomemos. Leyéndolo, conociéndolo, discutiéndolo, siguiéndolo o superándolo (esto es quizás lo que más le habría gustado, que lo desafiaran) todavía puede discutir con nosotros.
Su bibliografía incluye estos libros, además de incontables artículos y conferencias: Homero Manzi (1970); Medios de comunicación y cultura popular, en colaboración con Eduardo Romano y Jorge Rivera, (1985); Desde la orilla de la ciencia: Ensayos sobre identidad, cultura y territorio (1987); Navegaciones. Comunicación, cultura y crisis (1994); La marca de la bestia. Identificación, desigualdades e infoentretenimiento en la sociedad contemporánea (1999); 30 años después. 1973: las clases de Introducción a la Literatura y otros textos de la época (2003); Resto del mundo. Nuevas mediaciones en las agendas críticas internacionales (2005).
Fue un muy interesante escritor de ficción, le gustaba pensar situaciones extraordinarias desde momentos comunes, y disfrutaba mucho inventando personajes y mundos paralelos. Publicó la novela Ramos generales (1986); los libros de cuentos Sumbosa (1967); Los diferentes ruidos del agua (1987); Oxidación (2003); Del orden de las coníferas (2007).
Fue también periodista y ejerció la dirección de revistas culturales de la talla de Crisis.
Fiel a esta tradición, y hombre del presente siempre, ideó y publicó la revista digital Alambre, que sacó dos números (2008 y 2009), junto con un equipo de colaboradores, entre ellos Julieta Casini y Anabella Messina, y en cuyo comité asesor figuran Jesús Martín- Barbero, Rossanna Reguillo, George Yúdice; Juan Sasturain, Héctor Schmucler, entre otros.

Y como suele pasarle a los grandes, le quedó inconcluso El faro del fin del mundo, obra gigante para la que había viajado en dos oportunidades hasta la isla de los Estados, al final casi del mundo, o del país al menos, “navegando el referente”, como le gustaba decir desafiando a la seriedad de las mismas teorías que colaboró a consolidar.

 
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