Algunas reflexiones sobre el periodismo de corte popular en la Argentina

 

Marcelo R. Pereyra

 

Resumen

 

Este trabajo forma parte de un amplio proyecto de investigación de las representaciones mediáticas de sectores sociales y políticos considerados como peligrosos, violentos y/o subversivos en la Argentina. Una primera parte de ese proyecto, de la cual este trabajo es un avance, se propone indagar las posiciones editoriales de los diarios de lectorado popular frente a acontecimientos históricos de conflictividad política y/o social, en los que los sectores-problema tuvieron protagonismo, en la búsqueda de posibles contradicciones entre las líneas editoriales y los propósitos comerciales de los mencionados diarios. En otras palabras ¿hasta qué punto y en qué circunstancias se verifica una correspondencia entre ambos aspectos? ¿Son los diarios de lectorado popular verdaderamente populares? En esta oportunidad, la pesquisa se refiere a  Crítica y La Razón, primeros y destacados representantes de este tipo de prensa en la Argentina. En primer término se describen acotadamente sus características y desarrollos empresariales. Luego, se recorren algunas de sus posturas editoriales frente a  sucesos políticos nacionales e internacionales ocurridos entre 1916 y 1946.

 

Los orígenes de la prensa masiva en la Argentina

 

Los primeros diarios masivos surgieron en Argentina fueron La Capital, en Rosario (1868), y La Prensa (1869) y La Nación (1870), en Buenos Aires. Hasta  ese momento el periodismo había sido faccioso y doctrinario, pero los cambios políticos, sociales y demográficos hicieron evidente la necesidad de otra prensa que enfatizara en la información más que en la opinión. La progresiva complejización de la vida en ciudades grandes requería de periódicos que dieran cuenta de los acontecimientos que se producían cotidianamente. Nuevos públicos requerían nuevas agendas y nuevas modalidades informativas. Se estaba produciendo paulatinamente la transformación de un periodismo de opinión, deudor del modelo francés, a un periodismo predominantemente informativo, inspirado en el modelo anglosajón, en el que lo más importante ya no era tanto lo que el diario opinaba sino los hechos sobre los que informaba. Con todo, hasta principios del siglo XX la principal motivación para fundar diarios siguió siendo la de participar e incidir en el debate por el modelo de país que se estaba forjando. Por eso los diarios de mayor peso, como La Nación y La Prensa, nunca dejaron de expresarse –era su razón de ser-, pero para ello identificaron en su diagramación secciones específicas de opinión editorial –el lugar aceptado para la subjetividad política del diario-, mientras que en el resto del periódico presentaban a la noticia como un relato objetivo del acontecimiento.

 

Nacimiento de la prensa de lectorado popular

 

Para fines del siglo XIX puede decirse que se había conformado en Buenos Aires un importante público de base popular. La política de alfabetización masiva convirtió a este público en un sector social demandante de noticias políticas y gremiales, pero también deseoso de consumir crónicas sociales, de sucesos y policiales. Los periódicos políticos de izquierda –comunistas, socialistas y anarquistas- satisfacían sólo la información referida al primer grupo de estas temáticas. Por lo cual, más tarde o más temprano, debía surgir un nuevo tipo de prensa especialmente destinada a los sectores medios y bajos de la sociedad. En 1905 apareció el vespertino La Razón,  primer diario fundado por un periodista –Emilio B. Morales- con el prioritario propósito de ganar dinero a través de una empresa informativa y, a la vez, de escapar de toda atadura partidista. Paulatinamente, La Razón incorporó en sus notas, con fuerte retórica sensacionalista, la emoción, el humor y el melodrama. Su estética periodística se conectó con expresiones culturales populares caracterizadas por un predominio del relato y de la imagen. Este perfil terminó de consolidarse hacia 1911, cuando este diario modernizó sus modalidades productivas -con destacada inclusión de material gráfico, crucigramas e historietas- y creó la edición dominical y los suplementos especiales. De esta manera, con sus tres ediciones diarias, se transformó en el más vendido de los vespertinos. Dos años después Natalio Botana creó Crítica, otro vespertino de corte sensacionalista que se diferenció rápidamente de sus competidores por su diagramación ágil y visualmente entretenida. Historietas, caricaturas y dibujos se complementaron con numerosos suplementos y secciones especiales que intentaban dar cuenta de los más variados gustos e intereses de sus lectores.

 

Crítica y La Razón fueron en las primeras dos décadas del siglo XX los mejores representantes del llamado “nuevo periodismo” de raigambre estadounidense, caracterizado por “la primacía de la noticia sobre la opinión, la independencia y una pretendida objetividad en el criterio editorial, junto con el empleo de encabezados desplegados e ilustraciones en sus páginas” (Saítta, 1998:38). Su variante bizarra fueron los diarios amarillistas creados por Joseph Pulitzer y William Hearst. El estilo moderno y desenfadado de Crítica y La Razón contrastaba con el de los matutinos tradicionales, como La Prensa y La Nación, sumamente prestigiosos y respetados entre las clases dirigentes, pero afectados de una morosidad paquidérmica a la hora de actualizar sus pactos de lectura. [1] La agenda temática de los dos vespertinos estaba dominada por la crónica roja -que además del delito incluía todo suceso extraño, fenómeno anormal y/o macabro-, y por los deportes y las noticias sobre artistas. Sin embargo, ambos diarios –igualmente amarillistas y sensacionalistas- contaron entre sus colaboradores a destacados críticos, poetas y novelistas argentinos y latinoamericanos.[2] Además, tanto La Razón como Crítica crearon sus propias bibliotecas, editando libros de autores famosos a un precio muy accesible. Por otra parte, en ambos la tarea de dibujantes e historietistas contribuyó a que fuera exitosa esta peculiar combinación de cultura popular con cultura letrada. Una mixtura que suena extraña en la prensa argentina actual, en la que los distintas propuestas periodísticas están nítidamente definidas, pero que es posible entender en el contexto histórico-social de las primeras décadas del siglo XX, en el que el periodismo a menudo estaba asociado con las distintas formas del arte y la literatura y, como se verá seguidamente, con las causas populares y la política.

 

Prensa popular y política 1916-1930

 

Crítica no alcanzó a consolidarse en el mercado en los primeros años de su existencia. Dos razones interrelacionadas influyeron en ello: la primera fue la importancia ya asentada de La Razón, su más serio contrincante. Los dos periódicos se disputaban un mismo lectorado de base popular, por lo cual apelaban a veces a los más insólitos y poco éticos recursos para dar una primicia antes que su competidor; la segunda fue de carácter político: si a mediados de la década de 1910 un diario pretendía ser popular en la Argentina, ese diario debía tener cierta afinidad por el movimiento político que mejor y más masivamente representaba los intereses de las clases subordinadas: el radicalismo que lideraba el Hipólito Yrigoyen. La Razón siempre simpatizó con los radicales, en cambio Crítica apoyaba a los sectores económicos y políticos más conservadores que venían conduciendo los destinos del país. Para Saítta, el diario de Botana pretendía introducir un “periodismo popular de signo conservador” y coadyuvar en la creación de un gran partido conservador que funcionara de barrera “ante los avances de radicalismo y el socialismo” (ob. cit., p. 40). Acusaba Crítica al primer partido de ser un “conjunto heterogéneo” integrado por el “gaucho de campaña”, el “burgués descontento” y por la parte más “bullanguera” de la juventud. Para el diario  la supuesta heterogeneidad del radicalismo era una característica negativa. Su imaginario racista despreciaba a quienes no vivían en las grandes ciudades: su carácter de “plebe iletrada” y de “gauchos de la campaña” los emparentaría con la barbarie sarmientina. Al segundo le achacaba ser un “conglomerado de extranjeros” ignorante de la “esencia del país” (en Saítta, ob. cit., p. 42). Adviértase este imaginario xenófobo que rechazaba a los socialistas por su carácter de extranjeros: el no conocer la “esencia del país” los inhabilitaba automáticamente para la acción política. Cabe aclarar que aquel primer socialismo argentino, nacido de las ideas y de la lucha de los inmigrantes europeos, era combativo y contestatario, y estaba claramente influido por las ideas de  Marx. Contra esas ideas topeteaba Crítica: “Es uniendo que la especie ascenderá. De la conciliación, lenta o aceleradamente, saldrá el mayor bien común y la mayor libertad. Nunca de la lucha de clases” (en Saítta, ob. cit., p. 43). Para Crítica el descontento era repudiable: el individuo debía aceptar resignadamente su condición social, ya que sólo por medio de la “conciliación” se podría alcanzar el “bienestar común”.

 

Yrigoyen triunfó ampliamente en las elecciones presidenciales de 1916, las primeras que se llevaron a cabo de acuerdo con la ley Sáenz Peña que estableció el voto universal, secreto y obligatorio, merced a lo cual las mayorías tuvieron la posibilidad de pronunciarse políticamente sin restricciones. El día de la asunción del cargo presidencial, Crítica opinó que llegaba al gobierno “la vieja raza rezagada en las provincias más remotas”:

 

“El estanciero reemplaza al doctor, y en la subversión de todos los valores, el caudillo reemplaza al leader. Hombres oscuros pondrán su nombre en el sitio destinado a los más ilustres de la política, del arte y de la literatura. (…) El hombre de las ciudades cede ante el hombre de los campos” (en Saítta, ob. cit., p. 47).

 

Es de hacer notar, nuevamente, la concepción centralista y elitista de la actividad política, que estaría destinada sólo a los más “ilustres” y que por lo tanto encerraba una actitud despectiva hacia muchos de los que formaban parte de su lectorado. Durante todo el gobierno de Yrigoyen la crítica del diario fue frontal y despiadada.

 

Al llegar 1920, las escasas ventas de Crítica parecían llevarlo inexorablemente a la quiebra. Según Saítta (ob. cit., p.48) “el intento de ser un diario antirradical capaz de aglutinar a las fuerzas conservadoras y, al mismo tiempo, un vespertino popular y masivo, había fracasado”. Ciertamente, a pesar de sus pretensiones de innovación y modernismo, el modelo periodístico de Crítica, en esta primera etapa, implicaba un retroceso al periodismo faccioso de la primera mitad del siglo XIX, aquel que decididamente tomaba partido por uno u otro bando y podía sobrevivir con algunas suscripciones. En 1920 la política ya no se hacía entre pocos y en las tertulias de los palacetes señoriales: ahora eran muchos los que discutían en los comités, los que protestaban en las calles y los que votaban en las urnas. Y si el lectorado era otro –alfabetizado, con derechos políticos, participativo-, por lo tanto el periodismo debía ser otro. La Razón lo había entendido hace tiempo, por eso su edición 5ª arrasaba con todos sus competidores. Hasta que Botana tuvo que admitir su errado enfoque editorial.  Renovó el diario totalmente, dándole un contrato de lectura más ligado aún, tanto en lo informativo como en lo cultural, a las necesidades y expectativas de las clases menos favorecidas. En esta segunda etapa Crítica reiteradamente se auto posicionó como representante de las inquietudes populares, al tiempo que hacía participe a sus lectores de sus éxitos periodístico-empresariales y organizaba campañas de bien público, colectas, ciclos de cine en los  barrios y todo tipo de  concursos. La reforma del diario incluyó una vigorización de la sección de noticias policiales, sumamente dinámica e imaginativa, la cual sería una de las bases del éxito comercial que logró en poco tiempo. En efecto, dos años después Crítica imprimía cinco ediciones diarias y era uno de los diarios más vendidos de América Latina.

 

Sin embargo, tozudamente, Botana seguía despreciando a Yrigoyen. Si antes había defendido a los conservadores, con el radicalismo en el poder llamó a votar por los socialistas, sus antiguos enemigos. Claro que el socialismo de la década de los veinte era otro: se había aburguesado y sus líderes ya no eran obreros, sino médicos y abogados; sostenían algunas ideas progresistas pero ya no defendían la lucha de clases. No obstante, Botana también rompió lanzas con el la fracción principal del socialismo y, sorpresivamente, en las elecciones de 1928 defendió la segunda candidatura presidencial de Yrigoyen. ¿El motivo? Según Crítica, porque era el candidato del pueblo (y el vespertino se auto proclamaba como “diario del pueblo”). Yrigoyen ganó las elecciones. A tan solo cinco meses de su asunción Crítica ya lo estaba atacando nuevamente. En esta oportunidad, según el diario, era necesario combatir a la “dictadura irigoyenista”, sostenida por bandas de malevos, “asaltantes y ladrones de de oficio convertidos en regeneradores del país” (en Saítta, ob. cit., p. 240). Equiparaba el diario a Yrigoyen con Juan Manuel de Rosas, otro “tirano”, y reivindicaba las figuras de Domingo Sarmiento y de Bartolomé Mitre. Así las cosas, la llegada del año 1930 encontró a Crítica participando activamente del golpe militar que el 6 de septiembre expulsó al presidente democrático del poder. Crítica no tuvo empacho en auto felicitarse por haber formado parte de los que habían violado el orden constitucional:

 

“El 6 de septiembre nos fue dado demostrar que Crítica es el pueblo mismo: que en ningún otro país del mundo ningún diario ha llegado a compenetrarse tanto con la esencia popular. En Crítica se centralizó la dirección civil de la revolución; (…) desde Crítica fue propalado al país el grito de la revolución triunfante” (en Saítta, ob. cit., p.246. La negrita es propia).

 

Asumió el poder el general nacionalista José Félix Uriburu, primer presidente de facto de la Argentina. Rápidamente instauró el estado de sitio y la censura de prensa y suspendió la actividad política. Los civiles que lo habían avalado y estimulado para que diera el golpe le habían asignado como tarea alejar al radicalismo del poder y reponer, mediante comicios fraguados, el viejo orden conservador de las elites que venían gobernando el país desde 1854. Pero Uriburu tenía otras ideas: fervoroso admirador de Benito Mussolini, quiso crear un modelo que mediante la instauración del “voto calificado” reemplazara el papel de los partidos políticos. Crítica no tardó en reprochar estas intenciones corporativistas. Y luego, ante las elecciones de 1931 en la provincia de Buenos Aires saludó el triunfo de los radicales. Un mes más tarde el diario más vendido de la Argentina fue clausurado por la dictadura uriburista. Su director y muchos de sus periodistas fueron encarcelados (Botana estuvo tres meses en la cárcel. Luego fue liberado y partió a Europa). En 1932 Uriburu se vio obligado a llamar a elecciones presidenciales. Los radicales se abstuvieron por considerarlas fraudulentas y ganó el conservador Agustín Justo. Botana regresó al país y Crítica volvió a publicarse. Siendo que el presidente Justo formaba ahora parte de su directorio, la posición del diario para con su gobierno no pudo ser otra que favorable. Lo mismo ocurrió en los años siguientes con el resto de los diarios porteños, incluido La Razón, que en 1930 también había apoyado el golpe contra Yrigoyen. Todos ellos convalidaron diez años de elecciones fraudulentas y gobiernos conservadores ilegales.

 

Nacionalpopulismo y guerra mundial

 

Cuando Hitler llegó al poder en 1933, Crítica y La Razón renovaron su tradicional rivalidad pues adoptaron respecto del nacionalsocialismo posiciones editoriales antagónicas. Crítica reprochó los ataques nazis a las libertades públicas y se burló de Hitler a través de sus caricaturistas. Encaró luego una de sus clásicas campañas con el objeto de “desenmascarar” la presencia e influencia de nazis en la Argentina. En especial, denunció la difusión de ideas nacionalsocialistas en las escuelas alemanas del país. En cambio, La Razón se convirtió en el mejor agente periodístico de propaganda de Hitler en la Argentina, mostrando desde el comienzo de su régimen una afición evidente con el ideario nacionalsocialista (Efron y Brenman, 2006). Así, por ejemplo, en el suplemento especial “La Nueva Alemania” (4/4/1933) incluyó una reproducción de la firma de Hitler con la siguiente leyenda: “Por intermedio del diario La Razón, envío a la prensa argentina y a los alemanes de la Argentina mis cordiales saludos”. Durante varios años La Razón prosiguió con esta prédica filonazi. Crítica, mientras tanto, se había enfrascado en la tarea de defender la República Española. Al declararse la guerra civil apoyó abiertamente al gobierno republicano y atacó con dureza a Francisco Franco. Denunció el apoyo del fascismo italiano y del nazismo al ejército franquista y emprendió una campaña con el objeto de recaudar fondos para la Cruz Roja Española. Las simpatías de La Razón por el nazismo comenzaron a desdibujarse cuando las represiones que desató el régimen contra los judíos y otros grupos sociales fueron inocultables. Además, en 1938 finalmente se comprobó la existencia de infiltración nazi en la Argentina (Efron y Brenman, ob. cit.). De manera que simpatizar con el régimen de Hitler se convirtió en algo políticamente incorrecto. Y cuando Alemania invadió Polonia el 1º de septiembre de 1939, dando comienzo a la segunda guerra mundial,  el diario ya no tuvo otra alternativa que condenar al gobierno del Tercer Reich.

 

El conflicto armado tuvo fuerte impacto en la Argentina. El gobierno conservador de turno se declaró neutral con el objeto de poder seguir comerciando con todas las naciones involucradas en la conflagración. Esa medida fue aceptada sin oposiciones dentro y fuera del país hasta que Hitler invadió la Unión Soviética y Japón atacó a Estados Unidos. A partir de ese momento, un inorgánico frente pro-aliados, compuesto por los radicales, algunos conservadores,  los comunistas y los socialistas reclamó que se le declarara la guerra a Alemania. Simultáneamente, este frente propugnaba el fin de los gobiernos conservadores fraudulentos y autoritarios, de manera que en Argentina estar a favor de los aliados y pedir democracia y libertad se convirtió todo en una misma cosa. Pero, al mismo tiempo, había quienes pensaban que los conservadores habían armado y sostenido un modelo agroexportador que destinaba al país a ser una semicolonia, subordinada como economía complementaria del imperialismo inglés, al cual abastecía de alimentos baratos. Entre estos últimos había un grupo de militares nacionalistas, simpatizantes de las experiencias corporativistas y estatistas europeas, que abominaban de los ingleses y de los oligarcas locales. En junio de 1943 estos militares depusieron al gobierno conservador mediante un golpe de estado y asumieron el poder.

 

Prensa popular y política 1943-1946

 

En 1943 Crítica y La Razón no eran lo que habían sido. Crítica padecía la muerte de Botana: un durísimo golpe del que el diario nunca se pudo reponer, porque su genial talento y su audacia innovadora nunca pudieron ser superados. [3]La Razón, en cambio, estaba en un período de crecimiento que había comenzado en 1937, cuando Ricardo Peralta Ramos pasó a ser su principal accionista y director ejecutivo y Félix Laíño el Secretario de Redacción. Con ellos aumentó la cantidad de fotografías e historietas y se acentuó el uso de un léxico llano y coloquial para relatar la noticia. En el transcurso de esta nueva etapa La Razón  superó a Crítica y se posicionó durante muchos años como el vespertino más vendido. Con todo, ambos diarios tenían algo en común: habían “suavizado” el amarillismo que los había distinguido. Asimismo, obligados a reducir las páginas de sus ediciones por la dificultad para importar papel para diario debida al conflicto armado, tuvieron que restringir las noticias policiales, de accidentes y de catástrofes. En todo caso, el drama y el dolor humano se corporizaban en la amplia cobertura que hacían de los combates de la guerra. Su retórica sensacionalista quedó prácticamente limitada a los grandes y expresivos titulares de sus tapas.

 

El nuevo régimen militar fue conformando un perfil autoritario y mesiánico (su obsesión era conformar un nuevo orden social y detener el avance del comunismo). En el frente pro-aliados no tardaron en identificar al nuevo gobierno como pro-nazi. En esta disyuntiva, tanto La Razón como Crítica se pusieron del lado de los opositores al gobierno castrense. Desde sus páginas repudiaron la represión y las persecuciones contra sindicalistas y contra estudiantes y profesores universitarios; presionaron para que los militares traspasaran el gobierno a la Corte Suprema de Justicia; ratificaron su apoyo a los aliados en el conflicto internacional y exigieron una rápida declaración de guerra contra las naciones del Eje.

 

Entre los oficiales que habían dado el golpe estaba coronel Juan Domingo Perón. Designado como secretario de Trabajo y Previsión, impulsó reformas sumamente progresistas en el régimen laboral y previsional. Viejas reivindicaciones de los trabajadores fueron satisfechas rápidamente. En unos pocos meses la figura de Perón adquirió una notable popularidad, sobre todo entre los obreros y entre algunos empresarios nacionales que pretendían superar el modelo agroexportador excluyente y desarrollar la industria. Por el contrario, un militar cuya presencia pública se agigantaba día tras día estimulando el culto a su personalidad, que no dejaba de acumular poder (fue designado también como ministro de Guerra y como vicepresidente de la Nación), que les hablaba a los obreros de justicia social y los estimulaba a que defendieran sus derechos, que simpatizaba con la Italia del fascio, que se proclamaba anticapitalista, que no condenaba expresamente al nazismo y que impulsaba la participación activa del Estado en el desarrollo nacional, ese hombre, generaba enfáticos repudios entre la oposición pro-aliados, que se cobijó bajo la llamada “Unión Democrática”. Las ideas y las acciones de los unionistas tuvieron amplísimo eco tanto en las páginas de Crítica como en las de La Razón. Los dos diarios de corte popular se opusieron  tan decididamente a Perón como los conservadores La Prensa y La Nación.

 

A principios de octubre de 1945 el gobierno militar estaba en crisis. Presionado por la Unión Democrática y por toda la prensa, tuvo que desprenderse de Perón, su carta más fuerte pero, a la vez, su personaje más irritante para la oposición política y periodística. El coronel fue obligado a renunciar a todos sus cargos y fue confinado en una isla. Algunos gremios comenzaron a organizar huelgas y actos en su apoyo. Crítica y La Razón coincidieron en descalificar a sus impulsores. El día 15 Crítica tituló: “Fracasó totalmente la huelga propiciada por elementos peronistas”. Según el vespertino, estos “elementos” habían sido impuestos por Perón como dirigentes en los gremios. Es decir, carecían de legitimidad, y por eso los reputaba de “falsos dirigentes”, razón por la cual “no habían conseguido ser escuchados” por los obreros y de ahí su fracaso. Con la renuncia de Perón, sostenía Crítica, había desaparecido “la presión que sobre algunos gremios se ejercía desde la Secretaría de Trabajo y Previsión”, organismo que para el diario funcionaba como “comité político Nº 1 de la candidatura presidencial del coronel Perón”. Por otro lado, puede verificarse en esa misma edición que la cuestión del fascismo dividía aguas: así, los gremialistas que apoyaban a Perón eran acusados de tener “reconocidas tendencias fascistas”, al tiempo que se saludaba la puesta en libertad del “esclarecido dirigente antifascista” Victorio Codevilla (que había sido encarcelado por comunista). Se negaba además el carácter de popular del movimiento que apoyaba a Perón, mientras que en una nota del mismo día 15, referida a una toma de la Faculta de Medicina, proponía no olvidar “la gesta de los universitarios argentinos”:

 

“Episodios dramáticos hubo en la toma de la Facultad de Medicina como señal de protesta por los atentados cometidos contra la autonomía universitaria y el desenfreno de la camarilla peroniana encaramada en las posiciones públicas en medio del repudio de todo el pueblo argentino” (la negrita es propia).

 

Si para Crítica los estudiantes universitarios eran casi héroes por oponerse al gobierno militar, los simpatizantes de Perón eran repudiables por alterar el orden, ser violentos y también iletrados. El día 16, en la noticia “Trataron de desfilar los elementos peronistas”, afirmó que “una numerosa columna de peronistas, todos ellos ‘hombres guapos’, había desfilado por las calles céntricas (de Buenos Aires) en franco tren de provocar incidencias y dirimirlas a los balazos”. De acuerdo con el diario, los manifestantes arrojaron volantes “favorables al coronel Perón” firmados por la Alianza Libertadora Nacionalista, “cuyos dirigentes están procesados por asociación ilícita, homicidios, lesiones y tenencia de explosivos”. [4] La nota fue ilustrada por una caricatura en la que aparecen cuatro sujetos armados con palos y cuchillos dialogando entre sí. Uno de ellos dice “destruiremos la ciudad”. Otro identifica al grupo: “Semo (sic) los guapos de Trabajo y Previsión. Biva (sic) el koronel (sic)”.

 

Y como conclusión Crítica afirmó que “el peronismo está dispuesto a impedir a toda costa la normalización y pacificación del país”. Además advertía de la amenaza que representaba que los peronistas “ganaran el centro de la ciudad”. Estaba preparando de esta forma a su lectorado para un clima de violencia inminente. Sin embargo, al día siguiente -el 17 de octubre- cuando miles de obreros llegaron desde los suburbios para pedir por Perón, la violencia estuvo ausente. Nunca se había visto semejante concentración de personas convocada para defender a un solo hombre, ni nunca se había visto marchar por las calles porteñas a los habitantes de los extramuros. Confluyeron todos en la plaza de Mayo -el centro simbólico del poder- y expresaron que allí se quedarían hasta que Perón volviera al gobierno: creían que con el alejamiento del coronel se anularían todas sus conquistas. Mientras el gobierno resolvía qué hacer, y los obreros esperaban pacíficamente, al llegar la tarde las ediciones 5ª y 6ª de Crítica y La Razón pintaron un panorama dantesco. El primero tituló a todo lo ancho de la tapa con tipografía catástrofe: “Grupos aislados que no representan al auténtico proletariado argentino tratan de intimidar a la población”. Para este diario tan solo unas trescientas personas se habían congregado. Así rezaba el epígrafe de una fotografía publicada en la primera plana:

 

“He aquí una de las columnas que desde esta mañana se pasean por la ciudad en actitud ‘revolucionaria’. Aparte de otros pequeños desmanes, sólo cometieron atentados contra el buen gusto y contra la estética ciudadana afeada por su presencia en nuestras calles. El pueblo los vio pasar, primero un poco sorprendido, luego con glacial indiferencia” (la negrita es propia).

 

Se aprecia en este párrafo un intento por minimizar tanto la cantidad como la calidad de los manifestantes. No estarían protagonizando una expresión política sino apenas excursionando por la ciudad. Asimismo, el diario les negaba el derecho de manifestarse en nuestras calles por ser extraños y feos. Por último, Crítica reiteraba que ellos no eran el pueblo sino que éste estaba representado en quienes se habían limitado a verlos pasar. Por su parte, la primera plana de la 6ª de La Razón de la tarde del 17 enfatizó en las negociaciones que se estaban llevando a cabo para conformar un nuevo gabinete. La movilización peronista ocupó un lugar menor en su agenda, más como una acción aislada de grupos de personas que como una manifestación política de envergadura:

 

* “Numerosos grupos, en abierta rebeldía, paralizaron en la zona sur los transportes, y obligaron a cerrar fábricas, uniéndose luego en manifestación en Capital Federal”.

 

* “Impidieron el normal movimiento de trenes en líneas suburbanas del Sud grupos de personas”. 

 

* “Pequeños grupos se diseminaron ayer en la zona céntrica ocasionando desórdenes.

 

Del texto de estos títulos se infiere el ejercicio de una acción violenta que habría conminado al cierre de las fábricas y al cese del transporte, de lo que se infería que la adhesión  a la movilización en apoyo a Perón no había sido voluntaria sino forzada. En este mismo sentido sugirió La Razón que el solo desplazamiento de las personas a la plaza de Mayo había perturbado la tranquilidad habitual y que, para colmo de males, la policía nada había hecho para reestablecer el orden perdido (“La actitud pasiva de la policía permitió que la tranquilidad fuera turbada desde temprano”). Del conjunto de la masa se habrían desprendido grupos violentos generándose, según el diario, “un clima de inquietud” y de hostilidad. De este modo, los ciudadanos “comunes” –las “víctimas”- resultaron perjudicados por los manifestantes –“los victimarios”-. En este proceso de estigmatización -entendiéndose por tal a la atribución de características negativas a una persona o grupo de personas, generando una división entre estigmatizados y normales (Corvalán y Schaab, 2011)-, al achacarle al otro una actitud condenable –en este caso el reclamo por Perón- las razones que habían motivado tal actitud quedaban relegadas frente al rechazo que ella merecía. En otras palabras, podría decirse que, por lo menos en el caso que nos ocupa, estigmatizar significó despolitizar; esto es, sacarle a la protesta su contenido político para relegarla a una conducta perturbadora de la normalidad cotidiana.

 

Por otra parte, la línea editorial del diario consideró como obreros “auténticos” o “verdaderos”  sólo a los que no coincidían con Perón:

 

“Los intentos de manifestaciones y los disturbios que vienen registrándose desde la tarde de ayer, así como el impreciso anuncio de una huelga general que sería organizada por elementos sindicales vinculados a Perón, han provocado expresiones terminantes de repudio de parte de organismos políticos obreros y sindicatos libres, además de un profundo desmentido acerca de la posibilidad de que los auténticos obreros organizados voluntariamente, se presten a tal conato de paro general”.

 

 

Finalmente, en la noche del 17 el gobierno decidió llevar a Perón hasta los balcones de la Casa de Gobierno para que hablara a la multitud, instándola a que se dispersara en paz, pues la prédica periodística había logrado instalar el temor a posibles desmanes.  Este hecho consumó la victoria política de los obreros. El mismo pueblo que antes había gritado ¡Viva Yrigoyen! ahora gritaba ¡Viva Perón! El gobierno se apuró a llamar a elecciones presidenciales para febrero de 1946. Las ganó Perón. Crítica y La Razón desde un principio criticaron a su gobierno. Poco tiempo después, los propietarios de los dos vespertinos fueron invitados a vender sus acciones al grupo empresario ALEA, cercano al peronismo. Junto con otros diarios pasaron a formar parte de una red de medios oficialistas.

 

 

¿Diarios populares?

 

Si se entiende por “pueblo” al sector económica, política y socialmente más postergado y oprimido de la sociedad, y siendo que lo popular es lo concerniente al pueblo, ni Crítica ni La Razón fueron populares porque sus fundadores y directores no pertenecían a ese estrato social. Es decir que la propiedad de las dos empresas nunca estuvo en manos del pueblo. Pero ambos diarios fueron orientados hacia el pueblo: sus creadores y propietarios se propusieron, antes que otra cosa, obtener ganancias produciendo un objeto cultural para él lo consumiera. Por ese motivo dotaron a sus productos periodísticos de las características necesarias para atraer a consumidores populares. Sin embargo, no pudieron ni quisieron dejar de opinar políticamente, puesto que ningún medio puede permanecer neutral ante los acontecimientos públicos cotidianos y las disputas políticas. Necesariamente, y con mayor o menor énfasis, algún partido debe tomar. Además, en la época histórica que abarca este análisis la prensa gráfica gozaba de alto prestigio y consideración, en tanto que medio prácticamente exclusivo de información masiva. Ningún director de un diario iba a desperdiciar la oportunidad de influir en los asuntos públicos, ya fuese por meras convicciones ideológicas y/o por intentar obtener algún beneficio dinerario para su empresa. Y, por supuesto, cuanto más popular es un diario más posibilidades tiene de influir.

 

Ahora bien, es evidente que en algunas de las circunstancias que fueron examinadas aquí los intereses económicos y opiniones políticas de los propietarios de Crítica y La Razón no coincidieron con los de sus lectores populares, en especial con los adherentes al radicalismo y al peronismo. Crítica fue un tenaz opositor al radicalismo salvo un par de situaciones puntuales y fugaces. La Razón, por su parte, lo apoyó entre 1916 y 1928; luego le soltó la mano. En cuanto al peronismo, ambos fueron igualmente críticos hasta que fueron cooptados por empresarios afines a Perón. Cabe entonces la pregunta: ¿por qué estos diarios se ponían manifiestamente en contra de aquello de lo que muchos de sus lectores estaban a favor? En primer lugar, por el tipo de conducción personalista que tuvieron los dos diarios, en particular Crítica. En ese tipo de conducción absolutista, las convicciones, simpatías, conveniencias, odios y amores del director pesaban mucho. Esta podría haber sido la causa de, por ejemplo, la sostenida militancia de Crítica junto a la República Española y/o la de La Razón junto a Hitler. Por la misma razón puede sospecharse de cierta soberbia cuando estos directores se daban el lujo de descalificar a aquellos que compraban su diario, como ocurrió cuando el resultado de unas elecciones legislativas no fue del agrado de Crítica. En esa oportunidad el diario tituló: “La incomprensible evolución del lectorado”  (29/3/1926). He aquí un ejemplo de esa soberbia, pues ¿qué autoridad tenía Crítica para juzgar como incomprensible la evolución de un electorado? ¿No podría acaso ser incomprensible la posición del diario?

 

Hay otra explicación posible para las posturas antipopulares de dos diarios que se decían del pueblo y que afirmaban representarlo, y tiene que ver con la noción de pueblo que manejaban sus directores/propietarios. Es probable que para ellos tuviera una connotación cercana a “nosotros”, es decir, pueblo eran todos los que eran como ellos, que pensaban como ellos y sobre todo, que provenían del mismo lugar social que ellos. Este argumento aparece particularmente válido en la construcción del nosotros-otros que los dos diarios hicieron frente al peronismo en general y frente a los sucesos de octubre del 45 en particular. En esa oportunidad, Crítica y La Razón constituyeron un nosotros con los partidos opositores, -liberales, radicales y conservadores-, los estudiantes, profesores y rectores universitarios y con las versiones más edulcoradas del gremialismo socialista y comunista. Era una suerte de alianza de clases donde la más alta de ellas estaba representada por los conservadores y los liberales; la media por los radicales, los periodistas y por el ámbito universitario, y la baja por los obreros “auténticos”, que por ser los más jerarquizados y mejor pagos constituían la elite del proletariado. Los obreros peronistas, en cambio, habían migrado desde las provincias más pobres, atraídos por el incipiente proceso de industrialización, y se habían asentado en precarias urbanizaciones en los alrededores de la ciudad de Buenos Aires: eran los que menos tenían, los menos instruidos; eran lo más bajo de lo más bajo socialmente hablando. Estos eran los otros; los que habían despertado de su letargo de opresión cuando escucharon hablar a Perón de justicia social. Si a principios del siglo eran los obreros comunistas, socialistas y anarquistas los que pretendían subvertir el orden social constituido, ahora la amenaza la personificaban “el malón peronista”, las “hordas de desclasados”, el “malevaje reclutado para amedrentar a la población”… La emergencia del peronismo puso en escena enfrentamientos de clase como quizá nunca antes había habido. En este aspecto, en las crónicas del 17 de octubre de La Razón hay algunos pasajes muy significativos. Uno da cuenta de que simpatizantes de Perón se encaminaron hacia reductos de la clase alta, como el Club Social y el Jockey Club, “frente a cuyos edificios hicieron demostraciones hostiles”. Otro refiere que en los actos en las fábricas los oradores peronistas atacaban “especialmente, a la Universidad, a los estudiantes y al periodismo”. Un tercero relata que los obreros peronistas marchaban cantando “Alpargatas, sí; libros, no”.

 

 

Así entonces puede concluirse que lo popular en Crítica como en La Razón no estuvo tanto en sus líneas editoriales sino, en primer término, -y sobre todo en Crítica– en la implementación de estrategias institucionales de contacto con sus lectores tendientes a reforzar el contrato de lectura, y, en segundo término, en sus modalidades enunciativas dominadas por la retórica sensacionalista y en sus agendas temáticas amarillistas, unas y otras culturalmente afines al gusto de los sectores populares. No parece ser éste el caso que mencionan otros autores (Sunkel, 2002; Macassi, 2002) de diarios creados para darle al pueblo panem et circenses, es decir como una táctica de distracción política. No por lo menos de manera intencional. Como ya fue dicho, fueron dos empresas creadas fundamentalmente para hacer dinero. Y en este sentido, pese a sus errores políticos, tuvieron éxito. Sus fundadores advirtieron que al comenzar el siglo XX se estaba constituyendo un público de masas al cual era necesario atraer para lograr mayores ventas. Años después, a comienzos de la década de los cuarenta, la sociedad había cambiado. Los dos vespertinos trataron de adaptarse abandonando buena parte de su amarillismo y sensacionalismo. Modificaron en lo estilístico y en lo editorial sus contratos de lectura para enfocarlos hacia un lectorado diferente, pero no menos masivo, constituido por los estratos más altos de clase obrera y por una clase media cada vez más amplia e influyente. Un nuevo consumidor requería un nuevo producto. Y los propietarios y directores de Crítica y La Razón se lo proveyeron. En eso consiste el manejo exitoso de una empresa periodística en el sistema capitalista.

 

Bibliografía

 

Buchrucker, Cristian y Dawbarn, Susana (2001): “Los desafíos ideológicos”. En Aróstegui, Julio; Buchrucker, Cristian y Saborido, Jorge El mundo contemporáneo: Historia y Problemas. Buenos Aires, Biblos.

 

Corvalán, Lucila y Schaab, Javier (2011): “La protesta social en los medios. El 17 de octubre y el cordobazo”. Mimeo.

 

Efron, Gustavo y Brenman, Darío (2006): “El impacto del nazismo en los medios gráficos argentinos”. En Question, Vol 1, No 11. Disponible en http://perio.unlp.edu.ar/ojs/index.php/question/article/viewArticle/239

 

García Costa, Víctor (1971): “El periodismo político”. En La Historia Popular/Vida y milagros de nuestro pueblo. Buenos Aires, Centro Editor de América Latina.

 

Macassi, Sandro (2002): “La prensa amarilla en América Latina”. En Chasqui, nº 77.

 

Pereyra, Marcelo e Iriondo, Gisela (2011): “Periodismo popular en Argentina”. Mimeo.

 

Romero, Luís Alberto (1994): Breve Historia Contemporánea de la Argentina. Buenos Aires, FCE.

 

Saítta, Sylvia (1998): Regueros de Tinta. El diario crítica en la década de 1920. Buenos  Aires, Sudamericana.

 

Senén González, Santiago (2011): “A noventa años del diario Crítica. El primer multimedia argentino”. Disponible en http://www.elarcadigital.com.ar/modules/revistadigital/articulo.php?id=1078

 

Sirvén, Pablo (2011): Perón y los medios de comunicación. La conflictiva relación e los gobiernos justicialistas con la prensa. 1943-2011. Buenos Aires, Sudamericana.

 

Sunkel, Guillermo (2002): “La prensa sensacionalista y lo popular”. En La prensa sensacionalista y los sectores populares. Bogotá, Norma.

 

Ulanovsky, Carlos (1997): Paren las rotativas. Buenos Aires, Espasa.



[1] Esta circunstancia  podría explicarse por las características diferenciales de los públicos a los que unos y otros estaban dirigidos: en términos muy generales, podría decirse que los individuos de las clases más privilegiadas tienden a ser más conservadores en su pensamiento y más tradicionales en sus costumbres, mientras que los estratos sociales más bajos aceptarían mejor los cambios e innovaciones.

 

[2] Por Crítica pasaron  Raúl y Enrique González Tuñón, Roberto Tálice, Roberto Arlt, Edmundo Guibourg, Luís D. Góngora, Nicolás Olivari, Sixto Pondal Ríos, Conrado Nalé Roxlo, Luís Cané, Carlos de la Púa, Córdova Iturburu y Jorge Luís Borges, mientras que la edición dominical de La Razón contó con las firmas de Henri Barbusse, Enrique Gómez Carrillo, Ramón Gómez de la Serna, Manuel Ugarte y Martín Aldao.

[3] Al perder a su orsonwellesco fundador Crítica inició el camino del ocaso, que culminó con su cierre definitivo en 1963.

[4]  En otras notas del mismo día Crítica tituló: “Peronistas armados impidieron la entrada al trabajo a los obreros de la carne”; “Bandas peronistas armadas han tratado de paralizar el trabajo en los frigoríficos como protesta por la detención del coronel Perón” y “Grupos de peronistas armados han tratado de cerrar el comercio mediante amenazas”.

 

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