Por Matías Izaguirre

Eduardo Longoni es probablemente uno de los fotógrafos argentinos más reconocidos y talentosos de su generación. Se ganó ese lugar a fuerza de imágenes cautivadoras. Y ahí quizás se encuentre su mayor aporte, esas fotografías son un poderoso conjuro contra el olvido.
Militares ArgentinosEn ellas está todo lo que un desprevenido necesitaría saber de los años violentos de la Argentina. Por su lente pasaron los jerarcas de la dictadura al momento de ser juzgados por delitos de lesa humanidad, en lo que se conoció como el Juicio a las Juntas; Las Madres de Plaza de Mayo resistiendo la arremetida de la caballería en los años de plomo (1976-1983); el acto en repudio al atentado terrorista a la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA); las barricadas en el estallido social de diciembre de 2001 que culminó con la renuncia del entonces presidente Fernando De la Rúa y 39 muertos en sólo dos días; las huellas de la guerra de Malvinas… Y, por si fuera poco, la imagen de Maradona y “La mano de Dios” que dio la vuelta al mundo y que, él asegura, sacó gracias a una “cadena de casualidades”. No sería ni la primera ni la última vez que estuviera en el lugar correcto, en el momento justo.
Sin embargo, cuando cuenta su historia habla con la naturalidad del que parece que no contara su vida sino la de otro.
Desde aquel día en que pidió trabajo en la agencia Noticias Argentinas (“porque quedaba cerca de casa”) ya no paró; aunque hoy reconozca que ya no está para la urgencia del día a día. Prefiere la pausa al vértigo. Por eso, desde hace unos años reparte sus tiempos de editor fotográfico de la revista Viva (del multimedios Clarín) con proyectos que intentan “desandar el camino y volver las fuentes”. Con esa idea en mente, volvió a sacar con película y sigue “estudiando”, entre otros, a Cartier-Bresson. “Porque tiene todo, la sensibilidad para contar y la sencillez de las herramientas para componer”.
–Al ver tus fotografías –sobre todo el trabajo Violencias– uno tiene la sensación de que condensan momentos clave de los últimos treinta años de la historia argentina. ¿Qué te produce que gente que no sabe nada de fotografía o que ni siquiera sabe de ti reconozca tus imágenes? ¿Sentís que tus fotografías ya son, en cierta forma, de todos?
–Bueno, sí –sonríe y suspira, como aceptando mansamente ese reconocimiento–. Hay una anécdota que me gusta contar. En 2006, cuando se conmemoraron los 30 años del Golpe de Estado, llevé a mi hija Paloma (que tenía 9 años) a la Plaza de Mayo. Quería que viera su primera manifestación. Mientras caminábamos vio una de mis fotos en el cartel de un sindicato (era la de las caras de todos esos suboficiales). “Papá ésa foto es tuya, pero no está tu nombre”, me dijo. Le expliqué que no tenía importancia. Recordé la charla que tuve con un coplero en la Quebrada de Humahuaca [está en la provincia de Jujuy, en el norte argentino]. El tipo me cantó varias coplas y me preguntó si las conocía. Y como eran coplas muy populares le dije que sí. “Son mías”, me dijo. Le pregunté si no le daba bronca que nadie supiera que eran de él. “No, –me dijo– para mí la mayor alegría es saber que esas coplas salieron de mi cabeza, de mi corazón y que ahora son de todos”. Bueno, a mí me pasa eso con algunas fotos.
–¿Te acordás del momento en que sacaste ésa foto? Porque luego se convirtió en una suerte de ícono.
–Fue en el 81, en un acto por el Día del Ejército. Y como en ésa época se cubrían muchas cosas referidas a lo militar yo estaba haciendo fotos ahí. Y de repente veo esa escena.
El editor prefirió no publicarla y eso que NA era una agencia progresista. Bueno, todo lo progresista que se podía ser en ese momento –aclara, como si hiciera falta–. Con el tiempo, ya después de la derrota de Malvinas, la imagen empezó a circular con el sentido de una dictadura que se estaba terminando.
–Pero antes de todo eso, ¿cómo fue que llegaste a hacer ese tipo de fotografías? Digo, ¿cómo llegaste a dedicarte a capturar momentos cargados con distintos grados de violencia?
–Cuando terminé la colimba [el ex servicio militar obligatorio] quería estudiar Historia. De hecho, cursé más de dos años en la Universidad de Buenos Aires. Pero también quería independizarme, irme de casa. Y salí a buscar trabajo. Pensé: “yo sé hacer fotografías”. Era una herramienta que tenía incorporada desde el colegio secundario, donde hacíamos una revista en la que yo, por una especie de votación, terminé haciendo las fotos.
Así, en 1979 arrancó su búsqueda. El día que llegó a Noticias Argentinas lo recibió Miguel Ángel Cuarterolo (“un gran editor”) que, si bien no le dio trabajo, le ofreció la posibilidad de salir con algún fotógrafo al día siguiente. “Así te vas fogueando”, recuerda que le dijo.
Al otro día, sufrió el sistemático rechazo de los fotógrafos: “Me miraban con desconfianza. Claro, estamos hablando del año 79 (plena dictadura), y yo rapado, recién salido de la colimba”. Sus futuros colegas lo veían sospechoso. Y cuando ya se había resignado a leer historia, un periodista entró corriendo “preguntando por los fotógrafos. Y como no había ninguno fui con él”.
–¿Y adónde fueron?
–Habían atentado contra [Juan] Alemann, el viceministro de Economía de la dictadura. Le balearon el auto en el barrio de Belgrano, aunque no lo mataron. Fue justo cuando empezó la contraofensiva de los Montoneros [organización política y guerrillera de esos años ligada a la izquierda peronista].
El auto estaba en la mitad de la calle y había un cordón que era, obviamente, del Ejército. Los fotógrafos que estaban ahí, fotografiaban el auto con sus teles, como podían. Yo sólo tenía uno normal. O sea, para mí el auto era una hormiga. En eso veo que [José Alfredo] Martínez de Hoz (el ministro de Economía) y una comitiva, que había llegado con él, pasa el cordón. Yo pensé: “o hago algo ahora o es debut y despedida”. Y me mandé atrás de ellos. Me paró un militar: “¿y usted, adónde va?”. Le dije que era fotógrafo del Primer Cuerpo del Ejército y pasé. Supongo me creyó porque estaba rapado.
–Como mínimo te diría que fuiste muy audaz, más en ésa época…
–Sí, hoy viéndolo en perspectiva…–mueve la cabeza como cayendo en la cuenta de lo que podría haberle pasado– Pero es la estupidez que da la juventud. Y pude hacer las fotos de Martínez de Hoz, del auto. En fin, no eran grandes fotos, pero eran diferentes a las que tenían todos los demás.
Al día siguiente, mis fotos estaban en la calle, en la primera plana de varios diarios. Tuve esa suerte. Por eso, ni bien llegué me ofrecieron trabajo. Así que fui colaborador sólo por un día –recuerda divertido.
–Y hoy, con todo este camino recorrido, ¿qué significó esa experiencia?
–Esas fotos tuvieron algo de premonitorio. Porque después, durante muchos años mi fuerte fue el tema de la violencia, de la violencia política, de la violencia en la calle. Ese bautismo me marcó, de alguna manera. Pero desde hace unos años me dedico a otro tipo de trabajos como el de Buenos Aires y el tango donde hay una búsqueda distinta, lo mismo con los escritores [hizo trabajos con Ernesto Sábato y Mario Benedetti] o el trabajo que hice sobre la fe, que este año estará en el Festival de la Luz.
Diciembre de 2001 es como una fecha de vencimiento. Ahí hay algo que se cierra, al menos para mí. Además, tengo 52 años y ya el cuerpo no es lo mismo que antes –se ríe.
–¿Entonces ahí está el origen de tu interés por la violencia?
–Puede ser. La violencia despierta en mí como una cosa de querer ser espectador. Pero no me importa la violencia por la violencia misma. Nunca me interesó trabajar en una agencia para hacer el tour de la guerra. La violencia que siempre me interesó es la ligada a la realidad social argentina, porque siempre procuré denunciar a los que estaban del otro lado: a la dictadura; a lo que luego, en tiempos de democracia, terminaron siendo las represiones; a los carapintadas [se refiere a los grupos militares que, ya en democracia, produjeron entre 1987 y 1990 cuatro alzamientos armados para intentar frenar los procesos judiciales que se estaban llevando adelante contra los responsables de la dictadura militar].
–Recién comentaste que estudiaste Historia, ¿crees que de alguna manera tu pasión por la historia siguió operando a través de tu trabajo?
–Lamentablemente la tuve que dejar cuando empecé a viajar. Pero sí, creo que dejé de estudiar documentos para tratar de producirlos. Tuve siempre la certeza de que el trabajo cotidiano en la calle no formaba parte de “fotos sueltas”. Yo quería estar en esos lugares y en esos momentos. Quería estar donde hubiera quilombo. No importaba dónde ni para quién cubría, ni siquiera si me iban a pagar. Así estuve en marchas, en el atentado a la Embajada de Israel, a la AMIA; en el estallido de 2001. Tenía consciencia de que eso tenía que ver con producir documentos con mi visión. Si hasta trabajé en mis días de descanso…
–Y en esas circunstancias ¿dónde ponías el miedo?
–A mí me parece que la cámara opera como un escudo. Siempre. Y así trabajé. Pero volviendo a la pregunta anterior, creo que una de las cosas que además nunca traicioné es la mirada documental. Ese hecho primitivo de comunicación que tiene que ver con traerle a quien mira un diario, una página o una revista, determinada mirada. Yo te doy mi mirada, no te la retoco. Te doy mi visión de las cosas.
–¿Y cómo fue el desarrollo de esa mirada?
–Partimos de la base de que toda mirada es subjetiva. La mirada tiene que ver con lo que sos, con lo que estudiaste, lo que leíste, lo que pensás ideológicamente, el cine y la fotografía que miraste. Muchas cosas. Yo aún hoy sigo estudiando autores. Mi actual mujer me carga porque me encierro con libros de fotografía (que tengo muchos) y digo “voy a estudiar”.
–¿Qué autores son los fundamentales para ese estudio?
–Bueno, muchos. Arriba de todo Cartier-Bresson, a millones de kilómetros. Después hay periodos en que me enamoro de Robert Frank o incluso de algunos trabajos de Sebastián Salgado (del cuál me parece hay cosas excelentes y otras muy efectistas). Ahora estoy mirando mucho a [Francesc] Català Roca, un catalán que hizo un trabajo increíble entre los años 30 y 50 en la España franquista; por eso se conoció mucho más tarde. A veces pienso que es mejor que Robert Doisneau. También estoy viendo mucho a Cristina García Rodero. Después hay tipos que están en las antípodas de lo que yo hago pero que me gustan, me divierten y, a su manera, también documentan una época, como es el caso de Marcos López.
–Viendo lo que hacían o hacen esos fotógrafos, ¿cuál crees será el futuro del fotoperiodismo?
–Creo que la fotografía de prensa, tal como la concebimos nosotros o como la pensaba Robert Capa, va a desaparecer en 10 ó 15 años. Los grandes grupos mediáticos mandarán a unos cuántos fotógrafos (que también serán camarógrafos) y filmarán todo. Después se elegirá el mejor cuadro. Eso irá al diario y el resto a la televisión o la Web. No sé si será mejor o peor. A mí eso no me interesa. La noción del instante decisivo, que siempre le perteneció al fotógrafo (más allá de la injerencia de los editores), ahora quedará en manos de los editores, que serán como un gran director de cámaras de un partido de fútbol. Controlarán todo.
De Malvinas a Maradona…
La charla avanza y empezamos a recorrer los caminos del fútbol (fue a los mundiales de España 82, México 86 y Francia 98), de la vida y la política. Le pregunto por Malvinas, ahora que se multiplican los cruces diplomáticos con Inglaterra. “Con Malvinas me sucede algo raro. Fui dos veces: en 2002 y en 2007; a los 20 y a los 25 años de la guerra, y ahora quiero volver otra vez. Fue una experiencia muy triste. Tuve la sensación de que pude haber estado ahí, en esas trincheras”.
En 1978, cuando Longoni hizo la colimba, los militares argentinos tenían planeado ir a la guerra con Chile por una disputa en torno al Canal de Beagle. Finalmente hubo una mediación papal y no pasó a mayores. Pero en 1982, cuando Argentina fue a la guerra por las Malvinas, él dice, sintió una contradicción que aún persiste. “Porque yo siempre rechacé a la dictadura y si bien no quería la guerra, sentí que debería haber ido mi camada (mejor preparada por el tema Chile) y no esos pobres pibes que no tenían ni con qué tirar. Además, vos vas, pasas cinco días con los kelpers y te das cuenta que no quieren saber nada con nosotros. Pero volvés y seguís diciendo que las Malvinas son argentinas (por cercanía geográfica, porque fue una guerra perdida y porque jamás vamos a dejar de reivindicarlas)”.
–La última, contanos cómo fue que lograste sacar la foto de “La mano de Dios”.
–Esa foto sólo la podría haber hecho en México y en esos años. Porque el D.F. es siempre un poco caótico con el tránsito y más ése año que todavía se recuperaba del terremoto. Salí del hotel como cuatro horas antes. Llevaba mi bolso, las cámaras, la ampliadora para revelar, todo. Llegué tardísimo, cuando faltaba una hora para el partido. Así que cuando me tocó marcar mi lugar (que luego se replica los segundos tiempos), quedé muy mal ubicado, como a dos metros del palo. Ahí perdía la posibilidad de hacer barrido con el 300 mm, me quedaba solo el 85 mm. Así que cuando se da esa jugada, que es rápida y confusa yo la sigo con el tele corto y no me despego. La pelota queda como flotando y yo veo algo extraño, pero no sé bien qué. Los demás fotógrafos venían trayendo la jugada con sus teles largos, por eso, creo, bajaron las cámaras. Cuando voy a revelar veo la foto. El resto es historia conocida. ¡Y yo que creía que la iba a tener todo el mundo! Hay un japonés que creo trabajaba en una revista que también hizo una (pero a color). Ahí empecé a entender toda esa cadena de casualidades por las que llegué tarde.
Ese día Maradona se recibió de mito. Hizo el gol con la mano, a los ingleses (cuatro años después de Malvinas) y después el mejor gol de la historia de los mundiales. Increíble. *

 

*Entrevista publicada en la sección “Infraganti” de la revista mexicana La Membrana (N° 12, 2012)

Para más información sobre el fotógrafo consultar: Eduardo Longoni 

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